Mi vida siempre ha tenido banda sonora. Con dos añitos pedía que me pusieran la radio, estaba enamorada de Miguel Bosé, si no me ponían sus canciones no comía. En cuanto tuve paga, todo mi dinero fue destinado a comprar vinilos. Me encerraba horas y horas a escuchar mis discos. Vivía el mundo exterior como si fuera el escenario de un videoclip, hacía como si yo fuese una cantante a la que estaban grabando. Pero el momento más impactante, sin duda, llegó con cinco años, cuando escuché el aria de la reina de la noche de «La Flauta Mágica» de Mozart, «Der Hölle Rache». Sentí algo que aún hoy no puedo explicar.

Al año siguiente, con seis, empecé a estudiar piano y solfeo, primero en mi colegio con Sor Margarita, una monjita dulce y enjuta que me dijo que Dios me había dado un don: lo que transmitía mi voz. Me pusieron desde muy pequeñita a cantar en las misas y los eventos del colegio.

Poco más tarde pasé al Conservatorio de Música de Soria. Allí, mi profesora, Ana Mera, al oírme, me instó a que formara parte del Coro. Aún recuerdo la descarga eléctrica cuando entré por la puerta del salón de actos y escuché «Signore delle cime» de Bepi de Marzi. Se me caían las lágrimas. Estaba en casa. Y entendí todo: esa para mí era una de las mejores formas de estar en mi esencia, de conectar con Dios.

A los 18 años viajé a Madrid para estudiar Ciencias de la Información en la Complutense. Me apunté al coro Gaudeamus. En ese momento dirigido por Rubén Martinez, que estaba en el coro de RTVE y me instó a hacer las pruebas de la Escuela Superior de Canto. Quedaban pocas semanas, nunca había estudiado canto y no tenía repertorio, llevé arias que había oído siempre, «Pie Jesu» de Fauré y la canción de cuna de Brahms. Y entré. Estuve en compañías de ópera y zarzuela una temporada y dejé la música.

Hasta el 13 de marzo del 2020, día de mi cumpleaños, momento en el que se cierra España por COVID y cuando me diagnostican un cáncer de piel. Conociendo el poder sanador de los sonidos, de la música en 432Hz y de la frecuencia de la voz, decido empezar a crear mis propias melodías. Así empieza uno de los viajes más increíbles de mi vida, de la mano de mi amado productor, Fidel Cordero. En cada disco cuento su historia, las personas que intervienen en el mismo y los milagros que han ido aconteciendo en su creación.

Tras un viaje a la India donde tuve una experiencia mística, en la cueva donde se iluminó Ramana Maharshi, decido ponerme aún más al servicio a través de experiencias multi-sensoriales conscientes, con sonidos de alta vibración, cantos devocionales y Kirtan.

Deseo que la música te inspire, emocione y, como a mi, te sane y te conecte con tu ser. Y que, si te resuena, vengas a vivir las experiencias y que compartas mis discos para el Alma que, por cierto, son solidarios.

Gracias.

 

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